AMBROSÍA PONZOÑOSA


Selene Carrillo Carlos
                     
De acuerdo con la mitología griega, los dioses del Olimpo se alimentaban con ambrosía, un néctar delicioso y exclusivo, al igual que el fuego pero no tan necesario cómo éste. Prometeo no lo piensa dos veces: se roba la llama que, sin saberlo, encendería el conocimiento y la rebeldía. Así que el elixir sagrado continua nutriendo a las deidades mientras que el hombre se conforma con los platillos de su nueva cocina, olvidando por completo la antigua crudeza de la carne y los vegetales, de su pensamiento y sus costumbres.

No fue hasta el siglo XIX cuando a un inglés se le antojó probar el divino líquido a cualquier costo. Pronto descubriría las fatales consecuencias. Herbert George Wells (1866–1946) comprendió que al intentar ocupar el papel de un dios, el homo–sapiens se encuentra de frente con la fatalidad, con su propia finitud e imperfección. Al saborear ese licor se embriaga y ya no puede evitar la catástrofe. Su ansia de conocimiento provoca su caída.

Ante la caída surge la lucha y después la destrucción. El alimento de los dioses de Wells nos plantea el fracaso, la batalla y la devastación de la sociedad postvictoriana, de la revolución de las ideas y el cientificismo de la época. Esta obra pertenece al grupo de las novelas científicas del escritor inglés junto con La máquina del tiempo, La isla del Dr. Moreau, El hombre invisible, La guerra de los mundos y La visita maravillosa.

El alimento de los dioses es la historia de la creación de una sustancia química que hace que los animales, las plantas y los seres humanos aumenten su tamaño y se vuelvan gigantes. Dicho elemento fue elaborado para mejorar la salud y ser un poco más fuerte, más grande, menos vulnerable. Pero los resultados sobrepasan los límites, los investigadores pierden el control, la sustancia se esparce por doquier y nace una nueva raza.

La humanidad se divide en dos bandos: los Gigantes y los Pequeños, con una única alternativa: comer o ser comidos. La guerra por la vida se desata. Para sobrevivir es necesario el aniquilamiento del otro. Los frentes de batalla se preparan. Se construyen campamentos y se alistan las armas. El combate inicia.

Comienza la pelea mas nunca termina. Wells decide que sea una lucha permanente, sin vencedores, porque es una contienda contra nosotros mismos, contra el miedo que nos provoca el vernos al espejo. El hombre gigante no deja de ser hombre, sólo que ahora es diferente, magno, grotesco, bestial. Es un trazo difuminado por un pintor que ha querido jugarnos una broma. Es distinto y por tanto, es otro, ajeno y extraño. En una palabra: es peligroso.

Y a lo que es peligroso hay que destruirlo. Pero al hacerlo el hombre está matando una parte suya, un instinto que trata de ocultar. Permite que la bestia se asome, no que huya. La razón lo domina. A pesar que la ciencia y la tecnología lo arrastran hacia su exterminio, el ser humano se valdrá de ellos para salvarse. Aún no concede el poder al sentimiento.

La búsqueda de la perfección y el conocimiento absoluto lo convierten en un ser ambicioso, engreído, altanero, que se compara con los dioses, retándolos, y que espera deleitarse con el néctar celeste. Sin embargo, la ambrosía no fue hecha para los mortales. El dulce se transforma en veneno. Un ente pantagruelesco surge y nos aplaste en castigo por nuestro atrevimiento.

Aunque el cientificismo conduce al desafío, también hay un poco (o mucho) de locura en el acto. Uno de los investigadores le da la sustancia a su bebé en un instante de exaltación. Cuando quiere detenerse ya no es posible, ahora su hijo es un pariente de Gargantúa (sin los excesos, claro está).
Por eso el hombre es mortal, finito, imperfecto: por sus errores y su irracionalidad, la cual en ocasiones intenta esconder. Y por más que lo intente no podrá sacudirse su humanidad, ni siquiera con la ambrosía, «el alimento de los dioses».


«Durante unos instantes fue resplandeciente, la mirada hacia arriba, hacia la inmensidad del espacio, revestido de cota de malla, joven y fuerte, resuelto e intrépido. Después la luz pasó y él permaneció como una gran silueta negra recortada contra el cielo estrellado, una gran silueta negra que amenazaba con gesto imponente el cielo y toda su multitud de estrellas»

H. G. Wells
 El alimento de los dioses










Bibliografía

WELLS, H. G. El alimento de los dioses. Edicomunicación S.A. Barcelona, 2001.

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